Pulgarcito

pulgarcitoHace ya muchos años, en la entrada de un frondoso bosque, se alzaba la casita de un leñador que vivía con su mujer y sus siete hijos. El mayor tenía diez años, tres de ellos eran gemelos y el más pequeño, un niño que apenas alcanzaba el tamaño de un dedo pulgar, tenía siete años. Contrastando con su corta estatura, este niño —llamado Pulgarcito—, era el más listo y bueno de los siete.

Aquella noche, el leñador habló seriamente con su esposa. —Es terrible lo que voy a decirte —confesó—, pero sin nada que comer, llenos de deudas como estamos y sin nadie que nos compre la poca leña que consigo reunir cada día, prefiero que nuestros hijos traten de ganarse el sustento por sí solos, antes de que mueran de hambre ante nosotros. —Pero… ¿qué piensas hacer? —preguntó la mujer. —Mañana me los llevaré conmigo al bosque y los abandonaré. No creas que no los quiero, pero en nuestra situación… —¿Cómo puedes ser tan cruel? —dijo la mujer—. ¡Son tus hijos! La discusión siguió y siguió, durante varias horas. Por fin, la esposa del leñador tuvo que admitir que su marido tenía razón, aunque la idea de perder a sus hijos le rompía el corazón. Lo que ninguno de los dos sabía era que Pulgarcito había estado escuchando toda la conversación y ya tenía preparado un plan para no perderse al día siguiente en el bosque.

Sucedió, pues, que por la mañana, el leñador dijo a sus siete hijos que deberían ayudarle a recoger leña. Los niños estaban muy contentos, puesto que ignoraban lo que les esperaba. Su madre les besó con lágrimas en los ojos, imaginando que no volvería a verlos nunca más. ¡Cómo silbaban de alegría los siete niños, siguiendo a su padre hacia el interior del tupido bosque! ¿Y Pulgarcito? ¿Qué hacía mientras tanto el más pequeño de todos, situado a la cola del grupo? El ingenioso niño iba soltando piedrecitas blancas que había recogido previamente, dejando una señal en el suelo, con la que luego sabrían regresar a su casa.

Y así fue. Tan pronto el leñador les hubo abandonado en un claro del bosque y todos lloraban por la huida de su padre, Pulgarcito les dijo: — No temáis. Con mi estratagema, no nos perderemos. En efecto, siguiendo la hilera de piedrecitas blancas, desandaron el camino y al poco rato llegaban de nuevo a casa. A pesar de la alegría inicial de sus padres, pronto la tristeza volvió a invadir al leñador, ya que ahora debería volver a pasar por la angustia de llevar a sus hijos de nuevo al bosque.

Esto sucedió al día siguiente. Y en esta ocasión, Pulgarcito no pudo repetir su truco de las piedrecitas, porque al intentar salir de buena mañana para recoger unas cuantas, encontró la puerta de casa cerrada. Sin embargo, como su madre les dio un pedazo de pan a cada uno, el pequeño creyó tener la solución a su problema. Las mismas escenas de dolor del día anterior se repitieron. El padre se escabulló por entre los matorrales, cuando el bosque era más espeso y los niños se encontraron solos y desamparados. — Confiad en mí —dijo Pulgarcito—. He venido soltando migajas del pan que nos dio nuestra madre y eso nos salvará. Sólo tendremos que seguirlas para llegar a casa.   Sin embargo, esta vez la inteligencia del intrépido niño no fue suficiente: los pájaros se habían comido todas las migajas, haciendo desaparecer el rastro salvador. ¡Estaban perdidos!

Llenos de temor, los siete hermanos trataron de buscar la salida, pero cuanto más lo intentaban, mucho más se hundían en las profundidades del bosque. Así llegó la noche; y con ella, un frío intensísimo. Los niños tiritaban y lloraban. Sólo Pulgarcito conservaba la serenidad. Esa serenidad fue la que le permitió advertir la presencia, allá a lo lejos, de una lucecita apenas visible. – ¡Es una casa! —dijo Pulgarcito. Y allí que se fueron todos los niños, esperanzados. Tardaron mucho en llegar y para cuando esto sucedió, ya estaban tan exhaustos, hambrientos y llenos de sueño como sólo lo puede estar un niño a esas horas de la noche.

—¿Qué hacéis aquí? —les preguntó una mujer enorme, que parecía ser la dueña de la casa. —Nos hemos perdido y estamos muy cansados —respondió Pulgarcito. —¡Pobres niños! —se compadeció la mujer—. Pero ¿acaso no sabéis que ésta es la casa de un terrible ogro, cuyo plato preferido son las criaturasde vuestra edad? Sin embargo, la mujer del ogro no pudo resistir su impulso maternal y acogió a los niños, escondiéndolos bajo una cama. Poco después llegaba el ogro y como tenía un gran olfato, enseguida percibió el olor a carne fresca.

—¡Huelo a niño! —gritó, con su gran vozarrón. —Debes de estar equivocado —respondió la mujer, sufriendo por los siete hermanitos—. ¡Seguro que se trata de la ternera que te he asado! El ogro no se dejaba engañar con facilidad, así que empezó a husmear por todos los rincones, hasta descubrir a Pulgarcito y sus hermanos. —¡Ajajá! —sonrió, alzándolos a todos con sus manazas—. ¿Querías esconderme este manjar, mujer? —No, verás… es que he pensado que, como hoy tenías la ternera, tal vez sería mejor dejar a los niños para mañana… —dijo la buena mujer, para salir del paso. —No es mala idea, no… —se lo pensó mejor, el ogro—. Llévalos a la cama, pero antes dales bien de cenar. Así mañana los tendré a mi gusto. ¡Ja, ja, ja!
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